https://www.youtube.com/watch?v=otuDAwqOE20
Parte de la oscuridad era culpa. Una carga católica. El yang de la bondad. Una culpa no pedida, un lastre al disfrute que, como una balanza, asaltaba al chico astro tras cualquiera de sus deslices: un “no deberías”, un “no tendrías que”, un autocastigo automático que acabo de ver reflejado en el espejo.
Tantas veces el chico astro pensó que no merecía el placer, que a veces se atiborraba de él.
No sé de dónde viene esta culpa. Si nace de una infancia de cuidados maternos y paternos en los que ellos sufrían y luchaban, y él de alguna manera quería poner su grano de arena sufriendo también. O si es algún desliz divino o social que le hizo sentir que la culpa y el autocastigo eran la justificación que nadie, y a la vez todos, esperaban.
Aquel chico astro se vio sintiéndose culpable tras cada orgasmo, amargando cada victoria. Y hoy lo miro en el espejo, tras un momento de breve placer, buscando decadencia donde solo había ganas de un rápido goce que a nadie hacía daño.
Ya está bien, mi niño. Mereces el placer, porque eres quien más lo puede gozar. Goza por mí, que no necesito que sufras. Ya está bien de culpas y cargas. No tienes que expiar tus pecados por todos los que te rodean. No comiste la manzana del árbol de la vida.
Mi niño, mi dualidad, déjate llevar, que yo agarro las riendas del pesar.
Y no me voy a cargar con el sufrimiento, no me entiendas mal. Pero hay que elegir dónde sufrir; hay que jugar las cartas en cada lugar.
Flota, florece, crece. Y si envejeces, que ejerzas la vida hacia arriba. Que el kaizen sea la espiral de la eterna virtud. Porque el pecado es sano cuando amanece entre la víspera de la esperanza y cada rayo de sol. Aunque carguen con culpa mil pesares, aunque vuelen lejos entre las brumas de la soledad, tú solo eres una cometa al viento que vive llegando cuando sopla, cuando huye como la tormenta inmensa, como la vida expresa.
Y si quieres que baile, bailamos, mi niño, mi orgullo, mi pena, mi alegría. Vamos de la mano. Y que se acabe la culpa, porque no eres culpable de nada. No eres espina de ningún crimen ni arrastras la carga que no debe ser extinguida.
Vuela sin miedo, sin pestañear. Se acabó el qué pensarán, se acabó el qué dirán, porque yo gritaré más fuerte. Y entre las nubes, el amanecer, los cielos, los rayos, la lluvia y tu querido caos ordenado.
Esto se acaba, porque he visto a la culpa acusándote cuando no debía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario